¿Niza, Francia? Los Nacionalismos, una creación del siglo XIX

Los Rothschild, los Nacionalismos, el Liberalismo Económico, la Soberanía Popular. La historia del porqué nos identificamos con nuestras naciones. Francia, Alemania, Italia, Escocia, Inglaterra, España, Estados Unidos, Perú, Argentina y el resto del mundo.

por Katia Novella Miller

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Como el mundo entero sabe el pasado 14 de julio el franco tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel, de 31 años, con un camión de 19 toneladas asesinó a 84 personas e hirió a otras 308 en la Promenade des Anglais, una de las calles más famosas de Niza, el día en el que Francia festejaba su día nacional por antonomasia: la toma de la Bastilla. En realidad a partir de 1880, cada 14 de julio en Francia se conmemora la Fiesta de la Federación, o sea la reconciliación y unidad de todos los franceses, pero indudablemente esta fecha simboliza internacionalmente, y por su mismo nombre, la toma de la Bastilla por parte de los revolucionarios parisinos y marca el derrumbamiento del absolutismo aristocrático y el surgimiento del poder burgués, del liberalismo económico disfrazado bajo las primeras semillas del concepto de soberanía popular que más tarde habría dado a luz a los nacionalismos que hoy conocemos y que desde Francia se exportaron a todo el mundo. Pero – paradojas de la historia – pocos saben que durante esos años de trastornos revolucionarios en París, Niza no era Francia y que los nizardos no se sentían franceses. De hecho, esta famosa ciudad de la Costa Azul fue anexada a Francia casi un siglo más tarde, en 1860. Y el sentimiento de identidad francesa de la zona ha sido, y para algunos sigue siendo, una lucha.

La creación de los Nacionalismos, pero primero un poco de historia de Niza. Muy probablemente Niza fue fundada o renombrada Nicaea por los griegos de la colonia helena de Marsella en el IV siglo A.C., después de una victoria sobre los ligures. De hecho muchos estudiosos creen que en la antigüedad los ligures ocupaban el norte de Italia, el sur de Francia y la península Ibérica – a pesar de ello, hoy se ‘reconocen como ligures’ solamente la región italiana de Liguria, zonas del Piamonte, otra región del noroeste de Italia, pequeñas zonas del sureste de Francia y el Principado de Mónaco (el monegasco es una lengua/dialecto ligur).

En tiempos de los romanos el ‘Mare Ligusticum’ era el mar que bañaba la costa de los antiguos ligures, y comprendía desde la ciudad de Livorno (hoy Toscana, la región de Florencia) hasta una parte de la costa mediterránea francesa. Con el emperador romano (latino) Augusto, en el año 7 D.C., los territorios ligures fueron llamados ‘Regio IX’ y abarcaban desde el confín con Etruria (los territorios de los etruscos) hasta el río Var, a oeste de Niza.

Más tarde, con la caída del imperio romano, la zona fue barrida por los germanos francos (que ocuparon la Galia romana donde, posteriormente, crearon Francia) y sucesivamente ocupada por los germanos ostrogodos, como el resto de la península itálica. En el 550 D.C. Niza fue reunificada al Imperio Romano de Oriente, pero en el 641 fue nuevamente conquistada por otro pueblo germano, los longobardos.

En el VII siglo D.C., para hacer frente a los ataques de los árabes y musulmanes, Niza se integró a la Liga Lígure (aun así durante la Edad Media a menudo se declaró enemiga de Génova, y aliada de Pisa, otra república marinera de la península itálica de esos años).

Luego, presionada por los asaltos encabezados por los aristócratas de la Provenza (con las dinastías de los Aragón de Barcelona y de los Anjou) que promovieron la migración de pueblos occitanos (provenzales) hacia la zona, en 1108 Niza se unió nuevamente a la República de Génova, de la que fue parte hasta finales del siglo XIV.

En 1388, a causa de los continuos ataques occitanos y de otras dinastías del territorio ‘francés’, la comuna de Niza se puso bajo la protección del Condado de los Saboya – que nació de las cenizas del reino de los germanos burgundios que conquistaron esa área a los latinos – y formó parte de esta ‘entidad territorial dinástica’ prácticamente hasta 1860.

Los franceses de París llegaron a Niza recién en 1792, cuando las tropas de la primera república francesa atacaron a los Saboya, quienes en 1720 habían alargado su territorio y creado el reino de Cerdeña. La ocupación duró poco. En 1814 el Congreso de Viena estableció su regreso a la dinastía saboyarda. Pero en 1860, como agradecimiento al apoyo francés a la segunda guerra de independencia (¿conquista?) de Italia contra Austria, y a cambio de la Lombardía (la región de Milán), de la anexión de los ducados de Parma y Modena, de la legación pontificia de la Romaña y del gran ducado de Toscana, los Saboya cedieron definitivamente Niza – y el condado de Saboya – a Francia.

El Nacionalismo francés y Niza. Cuando Niza fue ‘regalada’ a Francia, los nizardos no se sentían franceses. El condado había participado activamente en las luchas de los Saboya para la creación de Italia. De hecho el más famoso héroe de la unificación italiana, Giuseppe Garibaldi, era nizardo.

Para dar a la cesión una fachada democrática, en una Niza ocupada militarmente, en 1860 se organizó un plebiscito sobre la anexión a Francia. El resultado fue 25.743 votos a favor, 160 en contra; 5.000 abstenciones, principalmente marineros. Muchos acusaron que se trató de un voto pilotado por los Saboya y el gobierno de París. Hubieron manifestaciones, muertos y fueron cerrados periódicos en lengua italiana como la ‘Voce di Nizza’, ‘Il Diritto di Nizza’. La represión provocó el ‘éxodo nizardo’: entre 11.000 y 12.000, sobre 44.000 nizardos, dejaron sus casas y se trasladaron principalmente a Génova y Turín.

”Diez años más tarde, en 1871, en las elecciones para la Cámara de Diputados, el 73% de los nizardos votó a favor de candidatos independentistas. La votación fue anulada. Uno de los diputados – según fuentes gubernamentales de entonces – se suicidó y Francia envió a Niza 10.000 soldados y marinos. Pusieron cañones por las calles y se arrestaron y deportaron a los opositores”, cuenta Alan Roullier, presidente de la Liga para la restauración de la libertad nizarda.

”Con la anexión, comenzó el saqueo. Los bancos filo-franceses se instalaron en Niza, Pereire y Rothschild en particular”.

”Ya antes de la anexión, el enviado de Napoleón III para manipular el plebiscito había organizado la liquidación del Banco de Cerdeña local e instalado el Banco de Francia para saquear el país. Apenas el Banco de Francia comenzó a funcionar, el director catalogó todas las riquezas no explotadas o poco explotadas de la zona, indicando los medios para obtener los mayores beneficios de ellas. La gente perdió terrenos, las grandes propiedades fueron desmembradas y un gran número de hombres de negocios franceses se lanzaron sobre el condado. Comenzaron a construir por todas partes inmuebles, hoteles, en nombre de sus propios intereses y los de Francia. Pero los nizardos no participaron, no ganaron nada, al contrario, fueron las víctimas de ese desarrollo”.

”Es difícil aconsejar un buen libro para conocer la historia y la cultura de Niza. Han sido escritos muchos, pero todos mienten y esconden todo lo que puede molestar o perturbar a Francia. Muchos acontecimientos han sido ocultados y muchos hechos manipulados”, afirma Alan Roullier.

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Hoy el 99,9% de los nizardos se siente francés. ¿Cómo ha podido cambiar tanto en 170 años? ¿Cómo se han podido olvidar? Indudablemente el transcurrir de las generaciones es uno de los factores que más contribuye a la desmemoria, pero no el único.

Cómo se construye el nacionalismo. En el libro ‘Breve historia cultural de los nacionalismos europeos’, el filólogo gallego Javier López Facal explica que para crear un nacionalismo son necesarios políticos, artistas, historiadores, clérigos y filósofos. Son necesarios nuevos mitos nacionales con los que la gente se identifique, la difusión de una lengua homogeneizadora, la creación de una bandera, un himno nacional, un traje típico, la creación e imposición de una fiesta nacional y sobre todo de buenos textos escolásticos, lo demás lo hace el tiempo y la desmemoria de las generaciones.

Se trata, como ha explicado el sociólogo sueco Orva Lofgren, de una serie de elementos que permiten montajes diferentes a partir de las mismas categorías elementales.

La creación de los mitos nacionales: Escocia y Alemania. ”En 1707 los parlamentos de Inglaterra y Escocia aprobaron sendas leyes sobre la unión de sus respectivos reinos, dando paso a la creación de la Gran Bretaña. Muchos escoceses no aceptaron de buen grado la unión y en las décadas siguientes comenzaron a crearse una serie de hechos diferenciales para reforzar el sentido de pertenencia escocés frente a los vecinos del sur”, cuenta Javier López Facal.

”A mediados del siglo XVIII, el escritor, poeta y político escocés James McPherson se encargó de traducir al inglés una serie de baladas tradicionales de las Tierras Altas (Highlands) escocesas. Pero no se limitó a recoger poemas conocidos por transmisión oral, además los modificó a su gusto, e inventó muchos nuevos, mezclando a Homero, Milton y pasajes de la Biblia. Se inventó también al autor, Ossian, que, aseguró, había vivido en el siglo II (algo imposible de creer para cualquier historiador). El éxito de los poemas osiánicos fue arrollador. Fueron el producto literario e ideológico que toda Europa – y principalmente la Europa que tenía el poder – estaba esperando, cansada como estaba de rendir culto a la literatura y a los mitos del sur, de los griegos y los romanos. Los poemas osiánicos representaban una ‘auténtica’ poesía popular, que otorgaba una identidad remota a unos pueblos que no carecían de tal cosa como se creía. Luego otras naciones europeas imitaron los poemas osiánicos, creando su propia identidad folclórica”.

”Entre los siglos XVIII y XIX, Alemania fue el segundo país que más contribuyó a crear la mitología nacionalista. Los alemanes no necesitaron inventarse ningún Ossian, porque contaban con un autor prestigioso y, además, antiguo de verdad: el historiador romano Tácito (56-117 D.C.) que había escrito un librillo sobre las costumbres y los pueblos de Germania. ”Desde su publicación en época moderna, los humanista alemanes se dedicaron a él y lo convirtieron en una precisa descripción de cómo era su pueblo (sería más correcto decir sus pueblos) en la antigüedad. Con el pasar de las generaciones los alemanes se veían cada vez más identificados con el heroico Arminio, nombre que fue traducido de una manera más nacionalista como Hermann. Heroe que había derrotado a las legiones romanas con su gente tan genuina y diferente de sus vecinos: grandes y vigorosos, con ojos azules, cabellos rubios, igualitarios y monógamos. Todas las cualidades negativas descritas por Tácito lógicamente fueron contextualizadas púdicamente o expurgadas sin más”.

Homogeneizar la lengua. Hoy nos parece algo natural y antiguo que en Francia se hable francés, en Italia italiano, en Alemania alemán, pero no es natural ni siempre ha sido así. Durante siglos en Europa el latín – la lengua de los antiguos romanos – fue la lengua culta, y el francés, siglos más tarde, se convirtió en el idioma de las cortes. Por lo demás, la diversidad lingüística era enorme: la mayor parte de la gente hablaba sus lenguas históricas (en algunos países llamadas hoy en día dialectos).

Cuando empezaron a emerger las naciones, se consideró dotarlas de una lengua que las distinguiera de los vecinos y crease un sentido de identidad colectivo. Indudablemente el esfuerzo alfabetizador y escolástico fue el vehículo para alcanzar este objetivo. La escolarización de la población en la lengua oficial fue una decisión política.

Según Eric Hobsbawm en 1789 el 50% de los franceses no hablaba nada de francés y correctamente sólo lo hacía el 12 o 13% de la población. Lo mismo sucedió en otras partes del mundo, como el continente americano, el continente africano, …

La educación pública administrada por el estado ha comenzado a desarrollarse en los últimos 150, 200 años como máxico; en algunos países hace apenas 50 años. Y ha sido a través de la instrucción pública que la homogenización linguistica ha sido puesta en práctica en todo el mundo.

El caso de Niza: el nizardo y el francés. Hoy Francia pone la lengua nizarda dentro del grupo occitano, a pesar de que las lenguas ligures caracterizan al Principado de Mónaco y a otras zonas del antiguo condado de Niza. Pero algunos expertos consideran el nizardo un idioma o dialecto puente entre las lenguas ligures y occitanas (como puede parecer lógico por cuestiones geográficas): el lígure, el piamontés occidental y el occitano oriental tendrían un 90% de afinidades lingüísticas. Al respecto no se debe olvidar que estamos hablando de lenguas que derivan del latín o que han sido fuertemente influenciadas por él, como en el caso del ligure antiguo – el ligur, que muchos expertos consideran pre-indoeuropea – y que las lenguas son bienes inmateriales vivos, que se modifican con el tiempo, los contactos comerciales, las migraciones, las invasiones, las modas, la vecindad, las políticas. De hecho estudiosos como Francesco Barberis, Warner Former, Jean Philippe Dalbera y otros han afirmado que antiguamente el nizardo era una lengua al 100% ligure: hasta el siglo XI, pocos elementos la diferenciaban. Sucesivamente, cuando comenzó la presión de la familia aristocrática de los Anjou – que promovió la migración provenzal hacia la zona – el nizardo comenzó a occitanizarse (vale la pena evidenciar que hoy en día también en algunas zonas de Italia se hablan dialectos occitanos).

El italiano. En 1561 el duque Emanuel Filiberto de Saboya abolió el uso del latín en la administración pública e impuso el uso de la lengua italiana en todo del ducado, del que hacia parte también Niza.

Las políticas de francesización llegaron a finales del siglo XIX. Los administradores públicos nizardos fueron reemplazados por franceses. Los periódicos en lengua italiana fueron cerrados. Y hasta los apellidos se afrancesaron: Bianchi se volvió Le Blanc, del Ponte Dupont, Pastore Pastor…

Además entre 1860 y 1950 los nizardos ‘italianos’ pasaron de ser la mayoría absoluta (cerca del 70% de la población) a la minoría (de 125.000 a los 2.000 actuales) debido a la emigración hacia Génova, Turín u otros destinos, a las deportaciones de nizardos realizadas por París y a la inmigración de personas provenientes de otras partes de Francia y territorios coloniales.

Otros elementos fundamentales de los nacionalismos: una bandera, un himno y un traje típico. También estos símbolos nacionales nacieron de la nada, mientras se construían las identidades nacionales. Por ejemplo el himno más antiguo del mundo, La Marsellesa, fue escrito en 1792, después de la revolución francesa. Otros ejemplos: el himno, la bandera y el escudo de la república del Perú fueron impuestos por decreto y elegidos después de un concurso por el libertador sudamericano José de San Martín entre 1821 y 1822.

Los vestidos típicos no son antiguos. En España el traje típico de flamenco, que hoy todas las sevillanas llevan el día de la feria de Sevilla, se inventó a finales del siglo XIX y se volvió popular a partir del 1929, cuando se celebró la Exposición Universal de Barcelona y la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Otro ejemplo es el kilt escocés, inventado, al parecer, por un empresario siderúrgico inglés en 1727.

La creación de una fiesta nacional. Este es otro elemento fundacional de todos los nacionalismos: un día para que el pueblo se identifique con su nacionalidad.

El instrumento más importante del nacionalismo: los libros de texto. El sistema escolar ha sido el instrumento por antonomasia para lograr la identificación de la gente con la idea de nación e indudablemente los historiadores han tenido un rol muy importante junto a los arqueólogos. Estos últimos son los grandes constructores del mito de la nación, de las naciones nuevas, que fueron creadas desde el siglo XVIII y XIX en todo el mundo. Los arqueólogos indentificaron y probaron el pasado grandioso, a menudo perdido, de una nación, elemento esencial del mito. Verdadero o falso no importaba.

Los historiadores han tenido un rol mayor, más importante, debido al poder de hacer circular las palabras. Ellos negaron hechos históricos y crearon ex novo otras verdades. Sus teorías y supuestos fueron simplificados y luego repetidos en la escuela, en la familia. Y así entraron a formar parte de la visión de la realidad, de la historia, en la mente de los ciudadanos.

Entonces, ¿qué es el nacionalismo? Podríamos decir sin lugar a dudas, que el nacionalismo es la creación de las elites políticas, de una identidad individual y de grupo (nacional).

Sobre el nacionalismo hay muchas definiciones. La Enciclopedia Británica lo define como una ‘ideología basada en la premisa que la lealtad y devoción de los individuos hacia el estado-nación es más potente que la identificación con otros grupos humanos e intereses’. En el diccionario Merrian-Webster: ‘la creencia que las naciones van a beneficiarse actuando independientemente en lugar de colectivamente, enfatizando metas nacionales y no globales’.

El politólogo chino Benedict O’Gorman Anderson, uno de los más influyentes estudiosos de esta materia, consideró que las naciones son ‘naciones imaginarias’ en el sentido de que son representaciones de sistemas culturales en los que la gente comienza a imaginar experiencias comunes que la identifica con una comunidad”.

Y como recalcaba O’Gorman Anderson, ”no se trata simplemente de fantasmagorías mentales, sino que son prácticas institucionales e históricas en el marco de las cuales son inventadas y recitadas diferenciaciones sociales. Es así que los nacionalismos se vuelven elementos constituyentes de la identidad de la gente”.

Los nacionalismos nacen en el 1800. Indudablemente el surgimiento de los nacionalismos marca un parteaguas entre el pasado y nuestro presente. Y en este sentido la edad napoleónica constituye ese punto de separación entre la Europa pre nacional, en la que la identidad colectiva se identificaba con la religión o la continuidad dinástica (el ser súbditos de un mismo rey) y la identidad nacional, en la que el individuo se identifica con el estado fortificando un concepto imaginario de etnia.

Las primeras semillas. Varios historiadores asignan una importancia capital al Tratado de Westfalia de 1648, que estableció el principio según el cual la integridad territorial es el fundamento de los estados, frente a la concepción feudal de que los territorios y los pueblos constituían un patrimonio hereditario. En cambio, al parecer, el primero en utilizar el término ‘nación’ fue el filósofo alemán Johann Gottfried Herder. Posteriormente, también en la zona alemana, se desarrolló el concepto de ‘Volk’, pueblo. Estas dos nociones fueron reelaboradas sucesivamente por el filósofo franco-suizo Jean-Jacques Rousseau quien teorizó la idea de ‘soberanía del pueblo’ o ‘soberanía popular’. Pero el concepto de nación comenzó a ser de uso común más tarde, en el siglo XIX, después de la revolución francesa.

”El momento napoleónico representa la fase histórica en la que se colocan los orígenes del nacionalismo, en directa conexión – afirmaba el historiador inglés John Stuart Woolf – con la construcción del moderno estado burocrático. Después de ser depurado de todos sus aspectos dictatoriales napoleónicos, todos los liberales del siglo XIX lo abrazaron elevándolo a símbolo de progreso y modernidad. De hecho hay una profunda conexión entre nacionalismo y liberalismo (1) y esto es debido, creo, a que el nacionalismo nació en Europa Occidental, donde el liberalismo burgués parecía constituir una condición de modernidad, progreso material y riqueza, principalmente para dos estados: Francia e Inglaterra”.

Nacionalismo, liberalismo y alfabetización. Hoy en día la mayor parte de los estudiosos aceptan el vínculo entre nacionalismo y desarrollo industrial. Como aceptan la estrecha conexión entre nacionalismo y alfabetización.

Los tres elementos fundamentales del nacionalismo: pueblo (ciudadanos), estado y territorio. Si los fundamentos teóricos fueron creados a partir de la revolución francesa, la identificación y aceptación general de estos tres preceptos tuvo lugar en Europa Occidental después de la primera guerra mundial, con la aceptación de la idea de autodeterminación nacional. En 1917, bajo la presión del presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson – y por temor a que los bolcheviques en Rusia, que habían reconocido el derecho a la autodeterminación de las ‘nacionalidades étnicas’, pudiesen volverse un polo de atracción – el concepto de autodeterminación popular se volvió universal en el mundo occidental.

Nacionalismo y etnia. Obviamente ningún estado representa y engloba solamente una nación o etnia y esta afirmación es válida en todo el mundo. Alemania está compuesta de muchas colectividades históricas, pre nacionales. Además engloba a diferentes etnias que se han sobrepuesto y convivido en el curso de los siglos, las germanas, las eslavas, la latina, la celta, etc. Lo mismo es válido para países como Italia, España, Francia, Inglaterra, Islandia, México, Congo, India y todos los demás.

La afirmación del filósofo franco-bávaro Georg Wilhelm Friedrich Hegel ”las naciones pueden tener una larga historia antes de alcanzar su destino, el constituirse como Estado”, en realidad es falsa porque en el curso de la historia muchas naciones-colectividades antiguas han perdido su independencia y hasta su identidad. Y también porque muchas ‘naciones’ están incorporadas dentro de Estados que no reconocen sus peticiones. Uno de estos tantos casos es la autoproclamada república Lakota, en Estados Unidos, que desde el 2007 pide la independencia.

Algunos expertos han evidenciado que las zonas más críticas para los nacionalismos están en la frontera, donde a menudo antiguas colectividades han sido divididas y repartidas entre varios estados.

Conclusión. Hoy más del 99% de la gente de Niza parece sentirse francesa pero en 1860 no era así. Probablemente tampoco se sentía italiana, pues la unificación de Italia tuvo lugar en 1861. Quizás se sentía, en lo profundo, ligure, más probablemente sabauda (de Saboya), pero ciertamente nizarda. Desde entonces las cosas han cambiado. La emigración y deportación de nizardos. La imposición de la lengua francesa. El cambio de vida impuesto por las élites de París. La aplastante inmigración que ha habido hacia la zona: todo ha contribuido. E innegablemente cada caso de nacionalismo, aun compartiendo sus elementos fundacionales, tiene sus características peculiares.

”Creo que por varias razones hay algo muy ofensivo en el nacionalismo. Niega que el comportamiento humano es siempre el mismo”, afirmaba en una entrevista el historiador John Stuart Woolf. Y niega también que el bienestar humano a nivel global debería ser el objetivo de nuestras sociedades, poniendo el acento en valores como la competencia y el egoísmo a través de conceptos como el interés nacional.

Además ”el principio según el cual una nación habría siempre existido a través de los siglos es una leyenda y es por esto que a historiadores e intelectuales les resulta difícil tratar este tema tan irracional, tan cargado emocionalmente y tan inmensamente potente”.

”El nacionalismo pretende que una nación exista aun cuando no es así. Y a pesar de esto, es imposible negar que sucesivamente, después de la creación del estado-nación, los países hayan surgido sobre una idea que ha creado un fuerte sentido de identidad nacional. El nacionalismo ha transformado lo que era un mito, lo que eran falsedades históricas, en realidad. Es por esto que los nacionalismos son un tema difícil, porque son totalmente irracionales y es muy difícil usar métodos racionales para explicarlos”.

Pero sin duda el nacionalismo nos empuja hacia preguntas que pueden ser la clave para la superación de los enormes desafíos que tiene por delante la humanidad.

¿Por qué el sentido de identificación con una nación ha adquirido tanta importancia?

¿Es debido a la necesidad humana de identificarse con el ‘poder’, a la ignorancia? ¿A la necesidad del individuo de ser aceptado y pertenecer a un grupo? Y quizás estas sean las preguntas más necesarias: ¿Qué produce esa necesidad de identificarse? ¿Por qué la gente necesita sentirse diferente, que vale más, que es más importante que otros, que tiene más derechos? ¿Acaso la gente necesita identificarse para sentirse algo o alguien?

Evidentemente estas son preguntas que no sólo tienen que ver con los nacionalismos. Tienen que ver con toda la estructura social en la que vivimos. Con las ideas, los conceptos, las creencias que abrazamos a través de la repetición, la recitación, el autocovencimiento desde nuestra infancia.

Nota

(1) Liberalismo. Liberalismo político, la doctrina que cree en la bondad del ser humano y protege la libertad del individuo. Liberalismo económico, la doctrina según la cual los gobiernos no deben controlar los precios, alquileres, sueldos que más bien deben depender de la libre competencia y el mercado.

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