Es necesario superar los nacionalismos y unirnos

Solamente la unión entre los humanos podrá crear un verdadero progreso y llevarnos a la construcción de un mundo mejor, de un mundo bueno. Nuestra riqueza común es nuestro planeta.

por Katia Novella Miller

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Algo así como hace un año atrás leí un artículo escrito por un estadounidense que afirmaba que todos los seres humanos del planeta deberían votar en las elecciones de Estados Unidos ya que las decisiones políticas que se toman en el país norteamericano afectan a todo el mundo. ¿Y quién podría negarlo? Las guerras en Oriente Medio y las olas de refugiados hacia Europa y otros países; las políticas monetarias del dólar que afectan los costes de las materias primas y como consecuencia los precios en los diferentes Estados; el rol del país como consumidor de recursos naturales del mundo, necesarios para alimentar sus varias industrias y su comercio interno, y los efectos sobre pueblos y territorios lejanos; su enorme influencia, gracias también al fenómeno transversal de la imitación del ‘más fuerte’, del más poderoso, del más chic, el que está más a la moda, a nivel político, económico, social y cultural en todo el globo: estos son sólo algunos de los efectos del poder que ha tenido Estados Unidos en los últimos decenios y que están a la vista de todos, se sea peruano, español, alemán, japonés o angoleño. Inclusive nuestras golosinas, el chicle por ejemplo, o nuestro gusto por la música, el pop, el rock o el rock and roll han sido lanzados como fenómenos globales por Estados Unidos. También nuestra manera de vestir, y seguramente hasta de movernos y de gesticular han sido fuertemente influenciados por la ‘cultura’ cinematográfica hecha en los USA, indudablemente la superpotencia de nuestro tiempo.

En esto no hay nada de inusual respecto al pasado, cuando eran otros los centros de poder, cuando eran Inglaterra o el Imperio Romano. Es sólo una constatación de cómo el mundo está interconectado a través de las reglas impuestas por los poderosos, las reglas del comercio y sigue, a través de la imitación, al principal centro de poder. O a los principales centros, como en el caso más circunscrito de Alemania respecto a Europa, que indudablemente, aún si ya muy influenciada por el país norteamericano, ha inspirado en estos años a muchos países del mediterráneo europeo a copiar algunos aspectos de su modelo laboral, de hiper-burocracia, de control social, ‘imponiendo’ –con el beneplácito de líderes nacionales– un sistema basado en sanciones, el Jobs Act en Italia, la precarización del trabajo, la caída de los salarios: cambios introducidos en Alemania a partir de las reformas del trabajo del 2000.

Si estos hechos no se conocen, si no se ven las relaciones entre lo que pasa en un lugar y en otro, es porque la gente está poco informada. ¿Acaso la culpa de tal desinformación la tienen las personas que trabajan y consumen en esta actividad gran parte de su energía vital, para después usar la poca que les queda con sus familias, en sus vidas privadas? Si estas cosas no se saben es porque hay una evidente carencia de información transnacional sobre los varios sistemas nacionales, porque se desconoce la diversidad de valores y de visiones culturales de la realidad, porque quien debería hacer públicos los hechos, y estas relaciones, los periodistas, o leen poco o estudian poco las temáticas sobre las que escriben o no están interesados a hacer buen periodismo. Nunca olvidaré cuando escuché a un corresponsal de un canal de televisión internacional, que seguramente gana muy bien, afirmar que miles de berlineses no habían ido a trabajar por participar en una manifestación contra el Acuerdo Transatlántico de Libre Comercio e Inversiones (TTIP), sin tener en cuenta que casi mitad de los berlineses no trabaja y vive de los subsidios públicos: seguramente la mayor parte de los manifestantes. La desinformación está prácticamente doquier.

La política y la economía son globales desde hace muchos siglos. Aunque algunos afirman que dio sus primeros pasos antes, indudablemente la globalización comenzó con el descubrimiento y la invasión del continente americano.

La riqueza, el ‘capital’ en Europa crece con los metales preciosos americanos que entran y circulan por el continente. El comercio europeo, hasta ese momento basado en intercambios comerciales de artículos para la nobleza y para el consumo de una reducida élite de mercaderes, toma vigor con los negocios que se hacen con los diversos productos y bienes de los pueblos americanos, con las riquezas de sus tierras. Para la producción de éstos bienes, son esclavizados u obligados a trabajar ‘indios’ y africanos. Es así que lentamente se crea el comercio europeo de textiles, de tintes, de metales, de especias, de plantas comestibles y medicinales…sin esos ‘bienes’ no habría podido crecer el comercio, ni nacer la industria, la tecnología, ni crearse el sistema de trabajo asalariado…

Luego, con el paso de los siglos, otros territorios han sido ‘colonizados’ (también bajo el nombre del imperialismo): Africa, Asia,… Desde entonces han habido cambios geopolíticos, hegemónicos, ideológicos, sociales. Pero el cambio más importante ha sido producido innegablemente por el avance tecnológico que ha permitido transportes más veloces para personas y mercancías, la creación de armas altamente letales, el adoctrinamiento y el control de la población a través de medios como la televisión, una burocracia siempre más invasiva, la creación de un mundo financiero global… Sin embargo, las cosas no han cambiado mucho en cuanto a la fuente de las materias primas que siguen siendo recolectadas, producidas por los mismos territorios una vez colonizados, generalmente los más pobres (con mayor número de pobres): los lugares del planeta en los que es mayor la destrucción del medio ambiente, la devastación de la naturaleza. Por esta razón es bueno preguntarse de dónde proviene el oro que se compra en Suiza (¿el 99% de este metal lo compra en el Perú?), de dónde provienen los metales necesarios para fabricar los celulares, tablets que están tan de moda (¿del Congo?), de dónde proviene el algodón de la ropa que compras, los vestidos que adquieres en los negocios (¿de Bangladesh?), de dónde vienen las paltas que se venden en los supermercados o el maíz con el que se produce gasolina verde en Estados Unidos (¿de México?), dónde adquiere Alemania las materias que necesitan sus industrias o los vegetales para producir biomasa (¿en Africa, en Asia?)… La respuesta a estas preguntas no sólo nos llevará a entender la conexión que hay entre un país y otro lado del mundo, entre la economía de una nación y la economía de otro país, entre la pobreza de los mineros de México y la floreciente economía de Canadá (que controla una buena parte de las minas del país sureño), entre la destrucción de la selva amazónica por el petróleo y Gran Bretaña, Holanda o China. También nos ayudará a hacer elecciones conscientes y éticas, si lo que queremos es un mundo más justo y con menos violencia.

Por qué es importante derrumbar los nacionalismos. Ante todo hay que decir que los nacionalismos son creaciones políticas e históricas que han cobrado fuerza a través de la desmemoria de las generaciones, el adoctrinamiento cultural oficial de cada Estado, la repetición de nociones aprendidas por parte de una comunidad y la necesidad de identificación: una necesidad irracional que parece caracterizar a los seres humanos.

‘La violencia, ya sea espiritual o física, es una búsqueda de identidad y sentido.’ -–Marshall McLuhan (1911-1980), filósofo canadiense.

La mayor parte de los nacionalismos contemporáneos en Europa, África, América, Australia o en Asia no corresponden a los ‘nacionalismos’ del pasado, más bien son bastante recientes ya que no tienen ni siquiera 200 años (1).

Las naciones son el resultado de guerras, de acuerdos internacionales entre las élites al poder en un determinado momento histórico, que a menudo, para crear un sentimiento de pertenencia en la población, han impuesto el uso de una lengua, como en el caso del italiano, 150 años atrás, del inglés en Estados Unidos o del francés d’oil de París en el territorio que hoy indicamos como el sur Francia, hace varios siglos: entender que hablamos de prácticas políticas, de estrategias antiguas, y no de fenómenos sociales característicos de la historia reciente, nos puede ayudar a abrir los ojos para salir del círculo vicioso.

Shirley Campbell Bar, una poeta, antropóloga y activista costarricense dijo ”No éramos negros hasta que entramos en contacto con los europeos, éramos solo personas”, y creo que lo mismo se puede decir de las identidades nacionales. Ante todo somos personas, somos humanos.

Es importante entender también que, más allá de la génesis y evolución, los nacionalismos contemporáneos (a nivel mundial) implican valores de diferenciación entre un ‘nosotros’ y los ‘otros’ y – de buenos hijos del mercantilismo europeo – ponen el acento sobre el interés nacional (como vemos, no es una novedad lo que adora afirmar el presidente de los Estados Unidos Donald Trump: America first!), en oposición al interés de las otras naciones y a la idea del interés común, al interés de todos. Una contraposición entre un valor sumamente egoísta y un valor empático, que mira al bienestar de los seres humanos en su conjunto. Además, como puede resultar evidente si se conoce un poco de historia, se trata casi siempre del interés de una élite nacional y no del interés de una comunidad nacional.

Seguramente sobre este último punto en Europa Occidental y países como Estados Unidos y Canadá, la gente puede creer que esta última afirmación no corresponde a la verdad vista la evolución económica de estas sociedades a partir de la segunda guerra mundial. Yo creo que a quien tiene esta visión le haría bien preguntarse si el bienestar económico que se creó desde ese momento –la segunda guerra mundial– no fue simplemente el efecto de políticas que fueron puestas en marcha en occidente debido a la guerra fría (entre Estados Unidos/Occidente y la Unión Soviética), en otras palabras si no fue una estrategia propagandística del capitalismo contra el comunismo, que intentaba así de convencer a la gente de que vivían en el mejor sistema posible. De hecho, ahora que no existe más un potente antagonista del capitalismo, como lo fue la Unión Soviética, el ‘bienestar’ económico y los derechos sociales se están perdiendo por todas partes.

Como evitar de ser manipulados: el peligro de hablar solamente una lengua hablada por pocos. En la contemporánea aldea global (internet) en la que habitamos, hoy podemos finalmente entender. E indudablemente la información es fundamental para comprender cómo funciona el mundo, para comprender lo que pasa en cada país y la relación que tienen los hechos, los acontecimientos, las políticas nacionales con los sucesos políticos en otros estados del mundo.

Hoy un creciente número de personas se da cuenta de  que la información que nos dan los medios de información de mayor alcance está construida en base los intereses del estatus quo, del poder constituido (a menudo los periodistas ni se dan cuenta ya que entrando en ese grupo de poder pasan a ser, si no lo eran ya antes, parte de ese ‘grupo dirigente”: probablemente la ceguera intelectual es también una cuestión identitaria). Mientras la información que nos brindan los medios alternativos, a menudo fundados sobre la buena voluntad, se ve limitada, sea por cuestiones económicas que por falta de conocimientos sobre otros países y lingüísticos. Por estas razones, hoy es fundamental conocer al menos un idioma vehicular internacional, para poder entender lo que está pasando en los otros países, en nuestra nación y poder relacionar los hechos.

Actualmente las lenguas occidetales más usadas a nivel internacional y habladas por distintos colectivos lingüísticos, son, en orden de importancia, el inglés, el castellano y, en menor medida, el francés. Indiscutiblemente se trata de lenguas ampliamente utilizadas por los medios de comunicación internacionales y en las que no uno sino varios países producen información, ofreciendo una vasta gama de puntos de vista. Quedarse encerrados en una lengua materna que se usa solamente en una nación significa estar a riesgo de un severo desacierto y de ser manipulados. En otras palabras, si eres italiano, finlandés o etíope y hablas solamente el idioma de tu nación, muy probablemente llegarás a saber solamente lo que ‘la oficialidad’ quiera que sepas. Probablemente hay algo de injusto en el ser forzados a conocer otro idioma, aún más si no nos gusta, pero indudablemente es sumamente útil.

Los de habla inglesa en esto son los más afortunados, ya que mucha de la información se transmite en este idioma, lo que evidencia el gran poder del mundo anglo-sajón en las últimas generaciones. Pero también para un angloparlante es muy conveniente conocer otra lengua, probablemente mejor aún si se trata de un idioma de uso internacional, para poder así entender las visiones sobre la realidad, la historia y las problemáticas de otros territorios y áreas culturales. Ciertamente constituye algo muy beneficioso para derrumbar ideas preconcebidas.

Hoy como nunca antes, internet nos ofrece la posibilidad de saber y enteder como funciona nuestro mundo: aprovechémosla! Todo está interconectado!

Cómo identificar la peligrosa propaganda populista y nacionalista: el uso excesivo de ‘nosotros’ y ‘nuestro’. El populismo nacionalista, que sirve para alimentar el ego individual y fomentar la identificación con una nación, proclamando no raramente falsedades, se presenta con un desmedido uso de los pronombres ‘nosotros’ y ‘nuestro’. Incluso si es irrefutable que existen diferencias entre los pueblos dependiendo de sus matices culturales, es igualmente innegable que hasta la comida es el resultado de un largo proceso de mestizaje, como lo es todo fenómeno de cultura material e inmaterial: el pensamiento, la matemática, la misma ciencia, la medicina, la agricultura o la arquitectura. Como es internacional, global el comercio y el movimiento de capitales.

Poner a la luz la conexión que existe entre las culturas, los países, sus economías, los productos que se venden en las tiendas, en los supermercados, es lo que un mundo globalizado debe exigir de un buen periodismo y de un discurso político honesto.

El extranjero no es malo. Afirmarlo es una grande irracionalidad. Puede ser hasta un líder nacional muy amado, como nos demuestra el caso de Suecia, que en 1810 dio la corona al francés Jean-Baptiste Bernadotte, quien –anecdóticamente– nunca aprendió a hablar sueco.

Sobrepasar las irracionales ideas nacionalistas de nacimiento, es otro de esos grandes desafíos que los humanos deben superar para crear sociedades y un mundo con menos violencia. ¿Acaso el hecho de haber nacido en un territorio nacional hace que una persona sea más honesta, menos codiciosa, menos egoísta, tenga mejores intenciones, sea más inteligente, responsable, tolerante de la diversidad humana, más capaz en su trabajo o sea más empática? Lo que es cierto es que son exactamente éstos los valores que hay que buscar en los políticos y en la gente.

Es importante evitar de poner a las personas en categorías aisladas según su nacionalidad porque en todas partes hay gente religiosa y gente que no lo es, gente del campo, gente de ciudad, gente con la que tenemos intereses en común y personas con las que no compartimos nada, gente que ha adoptado niños y gente que no, gente que cree en la vida después de la muerte, en los extraterrestres y otras que no, personas a las que les gusta bailar, que han sufrido acoso o que son acosadores. Individuos que tienen el corazón roto, otros que están enamorados. Personas que se sienten solas, que salvan vidas; gente agresiva, gente pacífica; bisexuales, heterosexuales, personas que admiran el coraje y los cobardes. Personas buenas, personas malas…como primera cosa: somos humanos.

Indiscutiblemente, la cultura promovida a nivel nacional influencia la conducta humana. De hecho no es ilógico pensar que los seres humanos son en buena medida el resultado de la educación que han recibido, el resultado de las ideas que el ambiente en el que han crecido y vivido les ha inculcado. Pero así como se aprende, se puede desaprender y aprender nuevas cosas: abrir nuestra mente depende de la actitud mental.

Además, es incuestionable que tienen más cosas en común un trabajador de clase media hindú con un trabajador inglés, que estos dos con sus respectivas clases dominantes: la alienación del trabajo, la falta de tiempo, los malos sueldos, el coste de la vida, la burocracia, etc.; si eres mujer el machismo de hombres y mujeres…

Es muy importante tener claro que las élites generalmente se identifican con las élites, debido al tipo de vida que tienen y a los valores ‘de clase dominante’ que comparten. Entender esto es fundamental para comprender las dinámicas psico-sociales que gobiernan las sociedades y no ser políticamente ingenuos.

El reto obligatorio: cambiar valores. Entender la conexión económica, social, humana entre las distintas sociedades es fundamental si queremos evitar lo que el mundo actual parece anunciarnos. Contaminación, destrucción de la naturaleza, cambio climático, excesivo enriquecimiento de pocos, empobrecimiento de muchos, peores condiciones laborales en Europa, en Estados Unidos, impúdicas guerras por el dominio y control de territorios y sus recursos naturales, el creciente control de la gente a través de los medios de información, de internet, de la informática, de la adicción al entretenimiento basura; el peligro de la comida genéticamente modificada, de los venenos obligatorios a través de vacunas y pesticidas o del agua potable, las amenazas que representan los robots en un mundo gobernado por el egoísmo y el interés personal económico, que harán innecesaria la fuerza de trabajo de tantos; la clonación, la incesante valorización del ego y desvalorización del contenido; las armas altamente letales y destructivas… todo parece indicar que estamos entrando en el mundo que el escritor inglés George Orwell describía en su libro ‘1884’ o el director alemán Fritz Lang en su película ‘Metropolis’. Un mundo en el que la mayor parte de los humanos no tienen derecho ni siquiera a su humanidad. Cuando por el contrario, gracias a los avances científicos y tecnológicos, hoy la humanidad, si tuviese otros valores, podría tomar un rumbo hacia una mayor felicidad. Indudablemente esta es la batalla de hoy.

Muchos intelectuales se cuestionan si la maldad ha sido parte del ser humano siempre y generalmente la respuesta es ‘no, no a los niveles actuales’ y ‘no en todas las culturas’. Hoy todo el planeta ha sido colonizado o influenciado por la cultura europea-occidental, hasta la misma China. Seguramente en cuanto a violencia, la cultura occidental ha sido la que ha alcanzado los más altos picos destructivos y por esta razón es hegemónica. Ningún historiador puede negar esta afirmación viendo el alcance de su dominio territorial y las armas que los europeos-occidentales han inventado y desarrollado creando una tendencia mundial.

Pero ha llegado la hora de hacer un cambio drástico de valores, de visión de la realidad, de organización, de sistema, de tomar un nuevo camino, no sólo para crear un mundo mejor, también para salvar nuestra sobrevivencia como especie y la vida de las otras especies que nos acompañan en esta experiencia que llamamos vida.

”Es difícil liberar a los tontos de la cadenas que veneran”, Voltaire. No es fácil combatir la falta de empatía, la psicoticidad, la falta de lógica, la incapacidad de ver y relacionarse con la verdad y la realidad, males que parecen afligir a la mayoría de los seres humanos. El problema parece ser que nadie quiere aceptar la propia ‘locura’ o irracionalidad, el propio egoísmo, las propias debilidades, los propios complejos e inseguridades profundas, la propia necesidad de identificarse con el orden establecido, con el poder, para así sentirse seguros o sentirse alguien, sentir que uno vale (si te sientes superior a otros, con más derechos, probablemente sufras de estos ‘problemas’: aceptar que no se sabe, que se tienen ideas preconcebidas, aceptar las propias inseguridades, los propios complejos, no es signo de inferioridad o debilidad: significa crecer).

Tampoco es fácil combatir la falta de estímulos a ser personas con valores éticos, buenas y deseosas de saber y entender en un sistema que combate la bondad, la individualidad y el saber no institucionalizado. Pero indudablemente esta es una batalla que se combatirá con la cultura, el conocimiento, la desestructuración cultural, la descolonización mental y estimulando las consciencias.

Según el psiquiatra chileno Claudio Naranjo el problema es el patriarcado. ”Nuestra civilización es una respuesta a una situación traumática. Una respuesta a una época en la que hubo mucha escasez. Y entonces los líderes masculinos tuvieron que volverse predadores, volverse conquistadores. Pero el mundo ya está diez veces conquistado, no hay más que conquistar pero aun así seguimos con esa actitud: una actitud bandida, canalla. El mundo que llamamos civilizado, es un mundo muy inmoral, muy malvado. No quiere al otro, ni tiene sentido del bien común. Es como si imaginariamente estuviera todavía temiendo por la escasez de comida, temiendo que va a perder su territorio, pensando que hay que defenderse, tomando todo lo que se pueda”. Tomando, quitando, robando todo, tierras, recursos, vidas, posibilidades…

Es hora de abrir los ojos y aceptar que la violencia crea dolor, trauma y produce violencia. Es hora de decir ‘basta’ y cambiar página. Es hora obrar de otro modo, con nuevos valores, con otra organización social, y decir: con otro sistema, ¡se puede!

”La solidaridad, la fraternidad es algo natural, que podemos observar en las especies animales. La guerra, el fratricidio, crear miseria humana –aun indirectamente, apoyándola–, es caníbal”. (Javier Lajo, economista, filósofo y activista del pueblo originario americano Puquina).

Ahora depende de cada uno de nosotros.

(1) Sobre este punto puede ser muy instructivo leer el reportaje de KBNBWorldNews: ¿Niza, Francia? Los nacionalismos, una creación del siglo XIX

 

Contacto con la autora: katia.novella@gmail.com – Contacto con la redacción: kbnbworldnews@gmail.com

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